Ser limpio o ensuciar poco ya no alcanza. Primero hubo que separar el plástico. Luego las botellas de vidrio, el papel y las latas. Después tuvimos el período de las bolsas de leche, que hasta había que lavarlas. Luego vino el tema de las pilas, que ahora resulta que hay que usar recargables, aunque parece que contaminan más que las otras o sea que son menos pero más dañinas. También están las lámparas de bajo consumo, que son un avance pero en cualquier momento pasan a la historia. Llegados a este punto, permitámonos hacer un renglón de silencio en homenaje a nuestro querido SUN, que reciente legislación envió hace no tanto al más absoluto ostracismo, o sea que es una especie de Artigas en Paraguay, una eminencia que sus contemporáneos no supimos valorar debidamente pero en el futuro la sociedad falta de valores lo rescatará del olvido para sustituir las ramitas que hay alrededor del escudo patrio por un par de sunes entrecruzados.
Tras un respetuoso renglón de silencio volvamos al tema. Ocurre que cuanto más se separa la basura, más pior*. No ya porque resulte más complicado y requiera más dedicación y espacio, sino que cuanto más se segmenta los desperdicios más dudas surgen. No es una simple cuestión de aprender algo nuevo, es que cuanto uno más recicla más dudas tiene.
Porque ahora resulta que no todos los plásticos son iguales, o sea que no van todos juntos. Lo mismo con las botellas de vidrio o los papeles. Y el aceite doméstico. Ahora dicen que hay que rejuntarlo en una botella de plástico.
El asunto es: cada vez hay más categorías. Uno ya no sabe dónde va cada cosa. Por ejemplo: ¿En dónde se tira lo que se le raspa a una tostada que se pasó de tiempo en la hornalla por tener la vejiga más llena de lo previsto? ¿De no querer guardar el aceite en una botella descartable de dos litros, es mejor tirarlo en algún caño en particular, en las plantas del fondo o en la cabeza del vecinito rompequinotos**? ¿En caso de borrachera o anorexia es mejor chivar en la pileta o en el guáter? ¿Un moco recién sacado va con la basura común o con los desechos orgánicos? ¿Se puede hacer compost con los restos de las uñas recién cortadas? ¿Las hojas de esta revista se reciclan junto a la tapa o no? ¡Porque no vamos a comparar un gramaje con otro, por favor! ¿Dónde van las papeletas rosadas que sobraron de las últimas elecciones? ¿En el culo de quién?
Saliendo tangencialmente de tema, hay que reconocer como grandes precursores a los que muchos años atrás se dedicaban a separar el papel metálico de los garotos o de las tabletas de chocolate. Pero eso más que conciencia ecológica era una demostración de habilidad, como jugar bien al tiki taka o armar dos caras del cubo mágico.
En aquellos años separar enterito -sin ninguna rotura- el papel de un bombón contrabandeado era algo de consideración, mientras que hacer lo mismo con el envoltorio de una tableta de chocolate era todo un destaque, una capacidad admirable (como la alarma de 1811).
Pero tá. Basta de nostalgiar que el 24 del ocho pasó hace poco y no es cuestión de andar reviviendo muertos. Mejor que descansen hasta que sea de estricta necesidad. La cuestión es que reciclar es todo un desafío. Eso sí, mejor ni pensar en averiguar qué sucede con lo que uno se mata clasificando. Es mejor convivir con la duda. Ya lo dijo Felipe Cardoso: ojos que no ven, pelotudo que recicla.
(*) Pior: equivalente a peor. O sea que "más pior" es igual a "más peor", con la diferencia que la primera respeta el habla coloquial. ¿Para qué vamos a mentirnos, verdá?
(**) Rompequinotos: no está en el diccionario de la Real Academia, pero sí hay otra expresión parecida que puede resultar equivalente: rompehuevos. Al fin y al cabo uno tiende a pensar que esta página es hasta menos soez que la prestigiosa RAE.
Vertedero final de lo que alguien publica y publicaba bajo la firma de El Trufa en la revista Guambia. El principal mérito, según dijo una vez el jefe, es la constancia.
miércoles, 29 de septiembre de 2010
viernes, 24 de septiembre de 2010
Análisis
El frasquito cuesta doce pesos, que no los vale, pero es lo que te cobran en la farmacia de la esquina. Encima uno se va pensando si el efectivo en monedas que acaba de abonar constará ante la DGI o va al bolsillo del farmacéutico en cuestión sin más trámite, por lo cual se retira del comercio con la sensación de que le timaron dos pesos.
Dicen que lo que se paga es que está esterilizado, porque básicamente es un frasquito de morondanga en una bolsita de nailon. Esterilizado significa, en este caso, que nada extraño puede mezclarse con el líquido excrementicio proveniente de los riñones, así que el propietario del mismo y de su contenido debe hacerse responsable de lo que marque el análisis en cuestión, excepto el típico caso de cuando uno es deportista y el resultado detecta cualquier sustancia drogona tipo maruja o merca, donde la costumbre indica que hay que hacerse el gil a la máxima potencia salvo contadas pero valientes excepciones, felicitaciones a ellos.
Para el tamaño que tiene, el recipiente plástico cuesta lo que un táper de la mejor calidad, lo que da ganas de pedir su devolución después de tener el resultado del examen. Si bien no es lo suficientemente grande como para llevar un almuerzo al laburo, su dimensión es ideal para guardar alguna mayonesa con morrón picado, por ejemplo, el chimichurri para el asado o unas castañas de cajú para picar de vez en cuando menos dan ganas de meterlo en el microondas para ver si aguanta la toma.
Aunque hay que reconocer que si bien no deja de ser un frasco de tantos, tiene su porte, es simpático y lindo cual vasito barato de copetín. Hecho que a uno lo inspira y le genera incertidumbre, ganas de dejarse de cuentos y probar la dichosa orinoterapia, para ver si eso funca algo o es chamullo de la más baja calaña.
En una de esas capaz que de puro prejuicioso uno está dejando pasar la oportunidad de beneficiarse de una novedosa cura, la puerta de acceso al óptimo estado de bienestar, pues si se piensa bien el asunto, si tiene el color del whisky tan malo no puede ser. Al menos está claro que no te mata y como dicen algunos lo que no mata te fortalece, o sea que si en lugar de madrugar para ir al consultorio a entregar el frasquito, me quedo en casa y desayuno pichí en una de esas salgo ganando y me ahorro la plata de dos boletos o de uno de dos horas si la cosa es rápida. Por no decir que también podría ahorrar los doce pesos del frasquito que se deben abonar en la farmacia de la esquina, ganar en salud, e incluso ahorrar algo de agua, por lo menos un vasito a la mañana, otro de tarde y otro antes de acostarse, cuando no una jarra de cerveza de medio litro, según como venga funcionando la cosa y las ganas que haiga.
Así que tá. Mejor desactivo el despertador, me dejo de ayuno y cosas raras y arranco mañana mismo con la ingesta de agüita amarilla, en este vasito tan lindo, que lo que no te mata te fortalece y que si las cosas pasan por algo será, sino que lo diga el ghanés aquel que reventó al pelota contra el palo.
Dicen que lo que se paga es que está esterilizado, porque básicamente es un frasquito de morondanga en una bolsita de nailon. Esterilizado significa, en este caso, que nada extraño puede mezclarse con el líquido excrementicio proveniente de los riñones, así que el propietario del mismo y de su contenido debe hacerse responsable de lo que marque el análisis en cuestión, excepto el típico caso de cuando uno es deportista y el resultado detecta cualquier sustancia drogona tipo maruja o merca, donde la costumbre indica que hay que hacerse el gil a la máxima potencia salvo contadas pero valientes excepciones, felicitaciones a ellos.
Para el tamaño que tiene, el recipiente plástico cuesta lo que un táper de la mejor calidad, lo que da ganas de pedir su devolución después de tener el resultado del examen. Si bien no es lo suficientemente grande como para llevar un almuerzo al laburo, su dimensión es ideal para guardar alguna mayonesa con morrón picado, por ejemplo, el chimichurri para el asado o unas castañas de cajú para picar de vez en cuando menos dan ganas de meterlo en el microondas para ver si aguanta la toma.
Aunque hay que reconocer que si bien no deja de ser un frasco de tantos, tiene su porte, es simpático y lindo cual vasito barato de copetín. Hecho que a uno lo inspira y le genera incertidumbre, ganas de dejarse de cuentos y probar la dichosa orinoterapia, para ver si eso funca algo o es chamullo de la más baja calaña.
En una de esas capaz que de puro prejuicioso uno está dejando pasar la oportunidad de beneficiarse de una novedosa cura, la puerta de acceso al óptimo estado de bienestar, pues si se piensa bien el asunto, si tiene el color del whisky tan malo no puede ser. Al menos está claro que no te mata y como dicen algunos lo que no mata te fortalece, o sea que si en lugar de madrugar para ir al consultorio a entregar el frasquito, me quedo en casa y desayuno pichí en una de esas salgo ganando y me ahorro la plata de dos boletos o de uno de dos horas si la cosa es rápida. Por no decir que también podría ahorrar los doce pesos del frasquito que se deben abonar en la farmacia de la esquina, ganar en salud, e incluso ahorrar algo de agua, por lo menos un vasito a la mañana, otro de tarde y otro antes de acostarse, cuando no una jarra de cerveza de medio litro, según como venga funcionando la cosa y las ganas que haiga.
Así que tá. Mejor desactivo el despertador, me dejo de ayuno y cosas raras y arranco mañana mismo con la ingesta de agüita amarilla, en este vasito tan lindo, que lo que no te mata te fortalece y que si las cosas pasan por algo será, sino que lo diga el ghanés aquel que reventó al pelota contra el palo.
sábado, 11 de septiembre de 2010
El problemita de las alarmas
Varios lectores se comunicaron con este prestigioso medio mediante cartas manuscritas a mano para manifestar su molestia respecto a las alarmas de automóviles que suenan durante horas sin que aparezca el o la propietario o propietaria del vehículo sonante. Todas las misivas -de distinta extensión y tenor verbal, en especial esto último- reflexionan sobre una misma interrogante: ¿Cómo hay que actuar ante tal situación?
Para no dejar sin respuesta a nuestros amables lectores, consultamos expertos en la materia y catedráticos varios de índole diversa. Luego de esta ardua tarea logramos reunir y elaborar cierta información que pasamos a puntualizar, esperando que la misma sirva para evacuar la interrogante principal.
1- Lo primero a tener claro es que se trata de un caso clarísimo de contaminación sonora. El vecino tiene todo el derecho del mundo a denunciar el desagradable suceso a las autoridades competentes. Si éstas no acuden en su defensa -o sea si el vecino queda en situación vulnerable ante una molesta afrenta de fin indefinido- el mismo se transforma en legítimo poseedor del derecho a represalia.
2- Está más que demostrado que nadie le da pelota a la alarma de un auto cuando suena. O sea, que si usted tiene auto ni se gaste en prenderla y si la prende hágase cargo sin chistar de las consecuencias que esto genere.
3- En caso que usted sea el propietario del auto y decide encender la alarma, no se aleje a una distancia donde no pueda escucharla. Tenga presente que si se activa y empieza a sonar usted nunca se enterará. Esto signica que puede ser objeto de justificadas acciones de parte de los vecinos que sí la escuchan durante un buen rato; y capaz -esto es agravante que no admite contemplaciones- a horas impropias. Además no tiene derecho a discutir el concepto de la expresión "horas impropias" porque ahí solo cuenta la acertada opinión del damnificado.
4- Hemos llegado al punto central del asunto, que es también el más discutible. Hemos llegado, estimado lector, al momento de la represalia. La respuesta al estímulo. La devolución justificada de la molestia causada. El que las hace las paga, coinciden las diversas fuentes consultadas. El punto en discusión es el precio.
Básicamente, según lo investigado, la respuesta debe ser equivalente al daño producido. Esto varía según la psiquis del damnificado, la hora de la contaminación sonora y la duración de la misma. Muy a nuestro pesar hemos intentado hallar una respuesta certera, concreta y precisa, pero resultó imposible.
5- En cuanto al punto anterior, hay quienes sostienen que lo mejor es dejar una nota en el parabrisas del auto en cuestión para que su dueño sepa la gran molestia que causó y tome conciencia de cara al futuro. Hay otros que optan por vaciar una bolsa de basura en el parabrisas delantero. Están los que desinflan una rueda para desinflar su rabia a la par tanto como les sea posible. Incluso los hay más radicales, que opinan que el no permitir dormir de madrugada se paga con un espejo menos o un rayoncito en la puerta del conductor, para que este recuerde periódicamente su error, humano pero error al fin.
Queda claro que llegados al momento de la respuesta-reprimienda-recordatorio, nos metemos en un tema que excede la capacidad de esta página. Hay opiniones diferentes, divergentes, incluso casi opuestas. Nuestro consejo es que antes de actuar piense lo que hace, sea el que pone la alarma o el que la padece, pero especialmente si es el primero.
Para no dejar sin respuesta a nuestros amables lectores, consultamos expertos en la materia y catedráticos varios de índole diversa. Luego de esta ardua tarea logramos reunir y elaborar cierta información que pasamos a puntualizar, esperando que la misma sirva para evacuar la interrogante principal.
1- Lo primero a tener claro es que se trata de un caso clarísimo de contaminación sonora. El vecino tiene todo el derecho del mundo a denunciar el desagradable suceso a las autoridades competentes. Si éstas no acuden en su defensa -o sea si el vecino queda en situación vulnerable ante una molesta afrenta de fin indefinido- el mismo se transforma en legítimo poseedor del derecho a represalia.
2- Está más que demostrado que nadie le da pelota a la alarma de un auto cuando suena. O sea, que si usted tiene auto ni se gaste en prenderla y si la prende hágase cargo sin chistar de las consecuencias que esto genere.
3- En caso que usted sea el propietario del auto y decide encender la alarma, no se aleje a una distancia donde no pueda escucharla. Tenga presente que si se activa y empieza a sonar usted nunca se enterará. Esto signica que puede ser objeto de justificadas acciones de parte de los vecinos que sí la escuchan durante un buen rato; y capaz -esto es agravante que no admite contemplaciones- a horas impropias. Además no tiene derecho a discutir el concepto de la expresión "horas impropias" porque ahí solo cuenta la acertada opinión del damnificado.
4- Hemos llegado al punto central del asunto, que es también el más discutible. Hemos llegado, estimado lector, al momento de la represalia. La respuesta al estímulo. La devolución justificada de la molestia causada. El que las hace las paga, coinciden las diversas fuentes consultadas. El punto en discusión es el precio.
Básicamente, según lo investigado, la respuesta debe ser equivalente al daño producido. Esto varía según la psiquis del damnificado, la hora de la contaminación sonora y la duración de la misma. Muy a nuestro pesar hemos intentado hallar una respuesta certera, concreta y precisa, pero resultó imposible.
5- En cuanto al punto anterior, hay quienes sostienen que lo mejor es dejar una nota en el parabrisas del auto en cuestión para que su dueño sepa la gran molestia que causó y tome conciencia de cara al futuro. Hay otros que optan por vaciar una bolsa de basura en el parabrisas delantero. Están los que desinflan una rueda para desinflar su rabia a la par tanto como les sea posible. Incluso los hay más radicales, que opinan que el no permitir dormir de madrugada se paga con un espejo menos o un rayoncito en la puerta del conductor, para que este recuerde periódicamente su error, humano pero error al fin.
Queda claro que llegados al momento de la respuesta-reprimienda-recordatorio, nos metemos en un tema que excede la capacidad de esta página. Hay opiniones diferentes, divergentes, incluso casi opuestas. Nuestro consejo es que antes de actuar piense lo que hace, sea el que pone la alarma o el que la padece, pero especialmente si es el primero.
sábado, 4 de septiembre de 2010
Maldita costumbre
Uno piensa que no le va a llegar. Nunca. Mucho menos siendo joven. Pero se equivoca como de acá a China. Al menos uno y alguno que otro.
Seguramente haya síntomas previos que no se sabe reconocer. Eso no está muy claro. Capaz que un presagio es hacer lista de compras para ir al almacén, no recordar en qué línea de ómnibus se está viajando, olvidarse el táper de la comida en la heladera de casa, para saber la edad propia tener que restar el año de nacimiento al actual (prestando especial atención a si ya sopló las velitas en el corriente), o desayunar leyendo el catálogo de una cadena de supermercados que no tiene ningún local en varios barrios a la redonda.
Como en todo, siempre hay una primera vez. El día primigenio. Ahí está el puntapié inicial. Por ejemplo, en esa ocasión puede ser movido por simple y mundana curiosidad. Sí. Para ver lo que hay. Una especie de voyeur* metiche que desea enterarse qué dice, cómo, si son muchos, si hay más hombres o mujeres.
También puede ser por morbo, buscando algún conocido al azar (si puede ser un reverendo hache de pé mucho mejor). O por el regocijo interior de saber que uno no está ahí. Incluso puede ser por error, en un intento de distraerse con algo de cultura, básquetbol, turf, el pronóstico meteorológico o un horóscopo trucho.
Después de ese momento iniciático suele no haber marcha atrás. Ni desearse, admitámoslo. Ahí recién está empezando a gestarse ese hábito que para otros es una maldita costumbre.
Con el pasar del tiempo, sean días, meses o años, la maldita costumbre se termina integrando a la persona. Uno se siente vivo, para qué negarlo, es obvio. Lo más importante es que uno nunca podrá verse a sí mismo, aunque convengamos que estaría por demás interesante. Sobre todo para ver quiénes se molestan en aportar un peso a la causa o le tienen cierta estima.
Además, uno aprende. Se alecciona para cuando le toque hacerlo. Siempre es bueno ir sabiendo de antemano; por si las moscas, literalmente.
También se aprende sobre el país propio. Se puede ver si somos más descendientes de españoles o de italianos. Si hay muchos judios y armenios. Estimar minorías. Por no hablar de los nombres raros, esas joyas que hacen tan particular al paisito, o de la gente que es más conocida por su apodo que por el nombre impreso en la cédula de identidad.
Todos los días un nombre nuevo, un apellido con terminación italiana nunca oído, una combinación estrafalaria casi nefasta. Saber si el tipo era de familia numerosa o tenía una carrera profesional destacada. Ver si se fue en la paz del señor o si le muy ateo dejó bien clarito que nada de cruces indeseadas junto a su nombre.
El asunto es sencillo. Hay una primera vez, luego una segunda, una tercera y muchas más. Hasta que sin darse cuenta, al tiempo, uno percibe que tiene un hábito, una maldita costumbre, aunque sarna con gusto no pica. Incluso tampoco está de más darle una vichadita por las dudas, no sea que le toque turno a algún conocido, uno se entere demasiado tarde y se quede sin pasar a saludar un rato o mandar un sms.
Es verdad que en sus inicios resulta una costumbre extraña, pero termina siendo casi un vicio. Y como todo vicio no es fácil de erradicar. Mucho menos si no molesta a nadie. Hábito raro, puede ser, ¿pero quién le quita a uno la satisfacción de lo leído? Experto en fiambres. Máster en finados. Doctor en esquelas. Todo, por la sana y maldita costumbre de leer la página de avisos fúnebres del diario. Las necrológicas, como dicen los entendidos.
(*) Voyeur: Individuo al que le gusta husmear donde no lo llaman, especialmente si se trata de situaciones íntimas ajenas. Vg: ¡Voyeur hijo de puta, dejá de mirar por la cerradura que nadie te dio vela en este entierro!
Seguramente haya síntomas previos que no se sabe reconocer. Eso no está muy claro. Capaz que un presagio es hacer lista de compras para ir al almacén, no recordar en qué línea de ómnibus se está viajando, olvidarse el táper de la comida en la heladera de casa, para saber la edad propia tener que restar el año de nacimiento al actual (prestando especial atención a si ya sopló las velitas en el corriente), o desayunar leyendo el catálogo de una cadena de supermercados que no tiene ningún local en varios barrios a la redonda.
Como en todo, siempre hay una primera vez. El día primigenio. Ahí está el puntapié inicial. Por ejemplo, en esa ocasión puede ser movido por simple y mundana curiosidad. Sí. Para ver lo que hay. Una especie de voyeur* metiche que desea enterarse qué dice, cómo, si son muchos, si hay más hombres o mujeres.
También puede ser por morbo, buscando algún conocido al azar (si puede ser un reverendo hache de pé mucho mejor). O por el regocijo interior de saber que uno no está ahí. Incluso puede ser por error, en un intento de distraerse con algo de cultura, básquetbol, turf, el pronóstico meteorológico o un horóscopo trucho.
Después de ese momento iniciático suele no haber marcha atrás. Ni desearse, admitámoslo. Ahí recién está empezando a gestarse ese hábito que para otros es una maldita costumbre.
Con el pasar del tiempo, sean días, meses o años, la maldita costumbre se termina integrando a la persona. Uno se siente vivo, para qué negarlo, es obvio. Lo más importante es que uno nunca podrá verse a sí mismo, aunque convengamos que estaría por demás interesante. Sobre todo para ver quiénes se molestan en aportar un peso a la causa o le tienen cierta estima.
Además, uno aprende. Se alecciona para cuando le toque hacerlo. Siempre es bueno ir sabiendo de antemano; por si las moscas, literalmente.
También se aprende sobre el país propio. Se puede ver si somos más descendientes de españoles o de italianos. Si hay muchos judios y armenios. Estimar minorías. Por no hablar de los nombres raros, esas joyas que hacen tan particular al paisito, o de la gente que es más conocida por su apodo que por el nombre impreso en la cédula de identidad.
Todos los días un nombre nuevo, un apellido con terminación italiana nunca oído, una combinación estrafalaria casi nefasta. Saber si el tipo era de familia numerosa o tenía una carrera profesional destacada. Ver si se fue en la paz del señor o si le muy ateo dejó bien clarito que nada de cruces indeseadas junto a su nombre.
El asunto es sencillo. Hay una primera vez, luego una segunda, una tercera y muchas más. Hasta que sin darse cuenta, al tiempo, uno percibe que tiene un hábito, una maldita costumbre, aunque sarna con gusto no pica. Incluso tampoco está de más darle una vichadita por las dudas, no sea que le toque turno a algún conocido, uno se entere demasiado tarde y se quede sin pasar a saludar un rato o mandar un sms.
Es verdad que en sus inicios resulta una costumbre extraña, pero termina siendo casi un vicio. Y como todo vicio no es fácil de erradicar. Mucho menos si no molesta a nadie. Hábito raro, puede ser, ¿pero quién le quita a uno la satisfacción de lo leído? Experto en fiambres. Máster en finados. Doctor en esquelas. Todo, por la sana y maldita costumbre de leer la página de avisos fúnebres del diario. Las necrológicas, como dicen los entendidos.
(*) Voyeur: Individuo al que le gusta husmear donde no lo llaman, especialmente si se trata de situaciones íntimas ajenas. Vg: ¡Voyeur hijo de puta, dejá de mirar por la cerradura que nadie te dio vela en este entierro!
jueves, 2 de septiembre de 2010
Tormenta de ideas
Un buzón. El obelisco. Un segundo buzón más moderno, tipo plasma o lcd, que esos se venden como churro. Otro de los tantos obeliscos que hay (el de Las Piedras está en la mano, pero tampoco hay que descartar el de Buenos Aires). Un video con los goles celestes del reciente Mundial Sudáfrica 2010. La filmación de un OVNI con forma de bolsa de nylon en el cielo montevideano.
Un mapa para llegar al tesoro de las Masilotti. El tesoro de las Masilotti mismo. Un palco VIP en el futuro estadio de Peñarol con todos los chiches incluídos (con whisky importado, se sobrentiende). El puente Colonia-Buenos Aires, con o sin peajes. La filmación original de la autopia de un extraterrestre made in Roswell. Un yogur de frutilla vencido cualquier 30 de febrero. Un abono mensual para el Tren Fantasma o para los Barquitos Chocadores. La quinta pata del gato. También la sexta si se da la oportunidad. Y la séptima, llegado el caso.
Dos metros de cadena Andebu. Medio kilo de clavos doblados. Un contenedor de martillos de tres golpes. Una bolsa de clavos para vidrio. Curitas sabor bacalao. Una mac hamburguesa de anteayer. Una docena de teclados y mouses de segunda mano comprados en la populosa feria de Piedras Blancas. Un reloj rolex adquirido en la turística localidad paraguaya de Ciudad del Este. El barquito de papel del soldadito de plomo, autografiado por el soldadito en cuestión. Un cargamento de madera sin pata.
Un manual de entrenamiento actualizado para los Fusileros Navales. Una docena de lanchas para Misiones de Paz. Vales de combustible a precio módico. Un pagaré por algún que otro pesito de la ONU. Una grúa cabrestante. Otra grúa. Otra grúa. Un banco de pruebas para motores. Otro banco de pruebas para motores. Un camión con grúa hidráulica. Un cheque para cobrar en alguna sucursal bancaria de un shopping.
La punta de un iceberg. Una careta. Varias caretas. Una carátula nueva. Varias carátulas nuevas. Un pasaporte trucho. Varios pasaportes truchos. Alguna que otra cara de póquer. La última edición del Gallito Luis para buscar laburo como sereno o guardavida. La Guía de Páginas Amarillas para conseguir un buen abogado.
Ante todo lo importante es que no sea por falta de ideas. Todo lo antedicho son varias sugerencias de lo que se le puede vender a la Armada Nacional, dicho esto con el mayor de los respetos pero también con cierto afán de lucro, para qué negarlo, que después los que saben y saben van por ahí afirmando que la iniciativa privada es lo que hace progresar al mundo y quién les quita lo bailado.
Un gran negocio, o un "negoción" -por qué no decirlo así-, puede estar esperándolo ahí nomás, a la vuelta de la esquina. Quietito. Manso. Y usted sonseando frente al televisor siguiendo la nueva moda de las telenovelas chilenas o los culos de turno allende el río. ¡Piense un poco, valor! ¡Titán! ¡Fiera! Téngase fe. Estese alerta. Agudize los sentidos. Dele a su capocha la cafeína suficiente para ver si se inspira.
Sólo hay que disponer de alguna buena ganga; pegarle en el clavo con una oferta apetecible para la clientela potencial que parecería ya está armada hace tiempo... Y dar con el precio, claro.
Un mapa para llegar al tesoro de las Masilotti. El tesoro de las Masilotti mismo. Un palco VIP en el futuro estadio de Peñarol con todos los chiches incluídos (con whisky importado, se sobrentiende). El puente Colonia-Buenos Aires, con o sin peajes. La filmación original de la autopia de un extraterrestre made in Roswell. Un yogur de frutilla vencido cualquier 30 de febrero. Un abono mensual para el Tren Fantasma o para los Barquitos Chocadores. La quinta pata del gato. También la sexta si se da la oportunidad. Y la séptima, llegado el caso.
Dos metros de cadena Andebu. Medio kilo de clavos doblados. Un contenedor de martillos de tres golpes. Una bolsa de clavos para vidrio. Curitas sabor bacalao. Una mac hamburguesa de anteayer. Una docena de teclados y mouses de segunda mano comprados en la populosa feria de Piedras Blancas. Un reloj rolex adquirido en la turística localidad paraguaya de Ciudad del Este. El barquito de papel del soldadito de plomo, autografiado por el soldadito en cuestión. Un cargamento de madera sin pata.
Un manual de entrenamiento actualizado para los Fusileros Navales. Una docena de lanchas para Misiones de Paz. Vales de combustible a precio módico. Un pagaré por algún que otro pesito de la ONU. Una grúa cabrestante. Otra grúa. Otra grúa. Un banco de pruebas para motores. Otro banco de pruebas para motores. Un camión con grúa hidráulica. Un cheque para cobrar en alguna sucursal bancaria de un shopping.
La punta de un iceberg. Una careta. Varias caretas. Una carátula nueva. Varias carátulas nuevas. Un pasaporte trucho. Varios pasaportes truchos. Alguna que otra cara de póquer. La última edición del Gallito Luis para buscar laburo como sereno o guardavida. La Guía de Páginas Amarillas para conseguir un buen abogado.
Ante todo lo importante es que no sea por falta de ideas. Todo lo antedicho son varias sugerencias de lo que se le puede vender a la Armada Nacional, dicho esto con el mayor de los respetos pero también con cierto afán de lucro, para qué negarlo, que después los que saben y saben van por ahí afirmando que la iniciativa privada es lo que hace progresar al mundo y quién les quita lo bailado.
Un gran negocio, o un "negoción" -por qué no decirlo así-, puede estar esperándolo ahí nomás, a la vuelta de la esquina. Quietito. Manso. Y usted sonseando frente al televisor siguiendo la nueva moda de las telenovelas chilenas o los culos de turno allende el río. ¡Piense un poco, valor! ¡Titán! ¡Fiera! Téngase fe. Estese alerta. Agudize los sentidos. Dele a su capocha la cafeína suficiente para ver si se inspira.
Sólo hay que disponer de alguna buena ganga; pegarle en el clavo con una oferta apetecible para la clientela potencial que parecería ya está armada hace tiempo... Y dar con el precio, claro.
domingo, 29 de agosto de 2010
Cucarachas picantes y cosas por el estilo
Las cuentas no cierran. Si todos comieran tanta carne como nosotros el planeta estaría en el horno. En comparación con otros alimentos, cada kilo de carne requiere mucho forraje y genera mucha emisión de dióxido de carbono. Así lo entiende la empresa Croqui Croqui y de ahí viene su novedosa aparición en el mercado local. Una apuesta brava, que su presidente Efraín López reafirma diciendo: "no nos podemos quedar papando moscas al pedo, sin hacer nada con eso".
Atentos a la opinión cada vez más mayoritaria de que los seres humanos debemos diversificar nuestra dieta, Croqui Croqui plantea implantar en nuestro país algo que hace el 80 por ciento de la humanidad, según datos recientes de la ONU: comer insectos.
La propuesta es lanzar una nueva línea de alimentos basada en insectos presentes en nuestro territorio, o sea en la actual República Oriental del Uruguay, otrora conocida como Banda Oriental, Provincia Cisplatina, Estado Oriental o Culo del Mundo.
Según estimó López, estará en las gondolas de los supermercados locales a fines de setiembre. "Con el lanzamiento de Croqui Croqui, nos proponemos incorporar los insectos a la dieta uruguaya", contó López en exclusiva. Para esto se prevé lanzar en las próximas semanas una honerosa campaña en diversos medios, que se traducirá en una fuerte presencia en televisión, prensa escrita, radio, publicidad estática del Parque Fossa e imitadores de Fosforito por las calles flechadas hacia el Norte (o sea de la Rambla hacia 18 de Julio).
El nombre de la empresa -Croqui Croqui- da una clara idea de por dónde se piensa atacar al mercado local. Según López, "teniendo en cuenta la experiencia de otros países latinoamericanos y asiáticos, donde el consumo de insectos es bastante habitual, pretendemos comenzar desarrollando una línea de productos alimenticios basados en insectos crocantes, tipo snack"*.
Su presentación sería en pequeño formato. En un principio se distribuirá como obsequio junto a otros snack y productos aperitivos. Por ejemplo, con la compra de una bolsa de maní se regala un paquetito con cucarachas fritas picantes al ají. O junto a una lata de hongos al escabeche, un envase con hormigas saltadas con coco rebosado en aceite de oliva.
La variedad será amplia. Algunos ejemplos son: arañas pollito fritas, gusanos inflados sabor roquefort, lombrices a la vinagreta, libélulas saltadas en salsa de soja, escarabajos 1600, y grillo al penillo (le tienen una fe bárbara a la rima).
"Sabemos que hay una barrera grande a nivel gastronómico cultural, pero estamos dispuestos a dar la batalla para que la gente sepa que los insectos tienen muchas proteínas; que son un alimento tradicional en otros sitios y que van formar parte de la dieta de todos en el futuro cercano", comentó Efraín López.
La agencia publicitaria que se hará cargo de la campaña de difusión está considerando distintas posibilidades de quién lleve adelante la campaña. En principio hay un pre-acuerdo con el Sapo Ruperto, aunque falta cerrar la parte económica. De no tener buen fin las negociaciones, la campaña podría tener algunos deportistas como caras visibles. Uno sería el basquetbolista Juan "Sapo" Rovira, mientras que por el lado del fútbol estarán Gustavo "Grillo" Biscayzacú y el ya retirado Antonio "Hormiga" Alzamendi.
Una vez el mercado se haya acostumbrado a esta línea de productos, los directivos de Croqui Croqui tienen pensado lanzar variedades dulces. Entre estás ya hay varias definidas: garrapiñada de tábanos, chinches caramelizadas, pasas de cucaracha voladora gratinadas en chocolate y pororó de piojos selectamente escogidos.
(*) Snack: Todas las porquerías artificiales, sabrosas, saladas y perniciosas que suelen comerse los domingos al mediodía previo a la ingesta principal.
Atentos a la opinión cada vez más mayoritaria de que los seres humanos debemos diversificar nuestra dieta, Croqui Croqui plantea implantar en nuestro país algo que hace el 80 por ciento de la humanidad, según datos recientes de la ONU: comer insectos.
La propuesta es lanzar una nueva línea de alimentos basada en insectos presentes en nuestro territorio, o sea en la actual República Oriental del Uruguay, otrora conocida como Banda Oriental, Provincia Cisplatina, Estado Oriental o Culo del Mundo.
Según estimó López, estará en las gondolas de los supermercados locales a fines de setiembre. "Con el lanzamiento de Croqui Croqui, nos proponemos incorporar los insectos a la dieta uruguaya", contó López en exclusiva. Para esto se prevé lanzar en las próximas semanas una honerosa campaña en diversos medios, que se traducirá en una fuerte presencia en televisión, prensa escrita, radio, publicidad estática del Parque Fossa e imitadores de Fosforito por las calles flechadas hacia el Norte (o sea de la Rambla hacia 18 de Julio).
El nombre de la empresa -Croqui Croqui- da una clara idea de por dónde se piensa atacar al mercado local. Según López, "teniendo en cuenta la experiencia de otros países latinoamericanos y asiáticos, donde el consumo de insectos es bastante habitual, pretendemos comenzar desarrollando una línea de productos alimenticios basados en insectos crocantes, tipo snack"*.
Su presentación sería en pequeño formato. En un principio se distribuirá como obsequio junto a otros snack y productos aperitivos. Por ejemplo, con la compra de una bolsa de maní se regala un paquetito con cucarachas fritas picantes al ají. O junto a una lata de hongos al escabeche, un envase con hormigas saltadas con coco rebosado en aceite de oliva.
La variedad será amplia. Algunos ejemplos son: arañas pollito fritas, gusanos inflados sabor roquefort, lombrices a la vinagreta, libélulas saltadas en salsa de soja, escarabajos 1600, y grillo al penillo (le tienen una fe bárbara a la rima).
"Sabemos que hay una barrera grande a nivel gastronómico cultural, pero estamos dispuestos a dar la batalla para que la gente sepa que los insectos tienen muchas proteínas; que son un alimento tradicional en otros sitios y que van formar parte de la dieta de todos en el futuro cercano", comentó Efraín López.
La agencia publicitaria que se hará cargo de la campaña de difusión está considerando distintas posibilidades de quién lleve adelante la campaña. En principio hay un pre-acuerdo con el Sapo Ruperto, aunque falta cerrar la parte económica. De no tener buen fin las negociaciones, la campaña podría tener algunos deportistas como caras visibles. Uno sería el basquetbolista Juan "Sapo" Rovira, mientras que por el lado del fútbol estarán Gustavo "Grillo" Biscayzacú y el ya retirado Antonio "Hormiga" Alzamendi.
Una vez el mercado se haya acostumbrado a esta línea de productos, los directivos de Croqui Croqui tienen pensado lanzar variedades dulces. Entre estás ya hay varias definidas: garrapiñada de tábanos, chinches caramelizadas, pasas de cucaracha voladora gratinadas en chocolate y pororó de piojos selectamente escogidos.
(*) Snack: Todas las porquerías artificiales, sabrosas, saladas y perniciosas que suelen comerse los domingos al mediodía previo a la ingesta principal.
lunes, 16 de agosto de 2010
Diez razones por las que el lehmeyún se va a comer a la pizza en dos panes
Cada vez es más notorio el aumento del consumo de lehmeyún entre los orientales. Algo similar ya nos había pasado con las hamburguesas en los carritos y con el pororó en los cines. Así que no es de extrañar que dentro de un tiempo el lehmeyún supere a la pizza entre la preferencia de los connacionales. Tal vez ese sea su siguiente paso, luego de dejar de ser una comida exótica y convertirse en un producto casi infaltable en bares y piringuindines varios. He aquí 10 razones que avalan este cambio.
1- Tiene carne. En esto no hay pizza que se le comparé, por más buena que esté la salsa. Al uruguayo le gusta la carne. Punto y pelota. Además también se le puede poner muzzarella.
2- Masa fina y crocante. La masa del lehmeyún puede ser más o menos gruesa, pero nunca va a suceder con ella lo que pasa con algunas pizzas y fainás que se pueden degustar por ahí. Es imposible que a uno le toque un lehmeyún tan odioso como un fainá grueso sacado de mitad del tacho, cuando uno gil como siempre se olvida pedir de orillo.
3- Picante y con limón. Para los muchos que gustan de cosas picantes o echarle limón a todo, el lehmeyún es una bendición que se agradece con una devoción cuasi religiosa.
4- Bajo precio. En materia de precios al consumidor compite de igual a igual -diría Omar Gutiérrez- con la pizza, el fainá, el chorizo al pan y la hamburguesa con dos sabores. El rico lehmeyún está al alcance de la clase media uruguaya, lo que no es poca cosa.
5- Aceptación popular. La gente los pide cada vez más. Ante esto, no hay con qué darle. Al paladar del pueblo le gusta este plato de procedencia armenia. No se puede decir lo mismo de otros productos extranjeros que no cuajaron en el gusto nacional, como ser los malvaviscos, la Tab, el sushi, el vino con sandía, el refuerzo de tortilla de papa o la polenta con pajarito.
6*- Se puede acompañar con casi cualquier bebida. Lo más común suele ser con cerveza, refresco o vino tinto, pero también se lo puede degustar con agua (en sus variantes con y sin gas), jugos frutales, leche achocolatada, caipirinha y licor de huevo. Es más, con un leve roceado de vodka más un chupito de tequila queda de maravilla.
7- Fast food**. Sale tan o más rápido que el más veloz de los platos o comidas que se pueda pedir en cualquier sitio. Esto no es menor, sabido que en algunos lugares los mozos suelen tardar un buen rato en volver con lo solicitado.
8- Viene congelado. Otro puntazo. Lo que viene congelado y se come por obra de un simple calentamiento en el microondas le saca varios cuerpos de ventaja a cualquier otro alimento.
9- Apoyo colectivo. No hay que ignorar que el lehmeyún cuenta con grandes capitales que aportan para su notable inserción en el mercado gastronómico local. Entre estos se cuentan los hermanos Rupenián, el deté Sergio Markarián y el recordado lateral papal Murad Dejellatián.
10- La pizza en dos panes tiene que ser horrible.
(*) 6: Lindo número el seis. Es el que usaba Paolo Montero en una época. Además tiene forma de muchas cosas, aunque esto depende del 6 en cuestión. Puede ser el rulo de Clark Kent o los restos de un espiral matamoscas, por ejemplo.
(**) Fast food: Literalmente "Comida Rápida". Es similar a aquello de "comida al paso", aunque suele tener cierta connotación negativa, asociada a tratarse de un alimento insano. En el caso del lemehyún, habría que estudiarlo, así que por ahora está libre de pena.
1- Tiene carne. En esto no hay pizza que se le comparé, por más buena que esté la salsa. Al uruguayo le gusta la carne. Punto y pelota. Además también se le puede poner muzzarella.
2- Masa fina y crocante. La masa del lehmeyún puede ser más o menos gruesa, pero nunca va a suceder con ella lo que pasa con algunas pizzas y fainás que se pueden degustar por ahí. Es imposible que a uno le toque un lehmeyún tan odioso como un fainá grueso sacado de mitad del tacho, cuando uno gil como siempre se olvida pedir de orillo.
3- Picante y con limón. Para los muchos que gustan de cosas picantes o echarle limón a todo, el lehmeyún es una bendición que se agradece con una devoción cuasi religiosa.
4- Bajo precio. En materia de precios al consumidor compite de igual a igual -diría Omar Gutiérrez- con la pizza, el fainá, el chorizo al pan y la hamburguesa con dos sabores. El rico lehmeyún está al alcance de la clase media uruguaya, lo que no es poca cosa.
5- Aceptación popular. La gente los pide cada vez más. Ante esto, no hay con qué darle. Al paladar del pueblo le gusta este plato de procedencia armenia. No se puede decir lo mismo de otros productos extranjeros que no cuajaron en el gusto nacional, como ser los malvaviscos, la Tab, el sushi, el vino con sandía, el refuerzo de tortilla de papa o la polenta con pajarito.
6*- Se puede acompañar con casi cualquier bebida. Lo más común suele ser con cerveza, refresco o vino tinto, pero también se lo puede degustar con agua (en sus variantes con y sin gas), jugos frutales, leche achocolatada, caipirinha y licor de huevo. Es más, con un leve roceado de vodka más un chupito de tequila queda de maravilla.
7- Fast food**. Sale tan o más rápido que el más veloz de los platos o comidas que se pueda pedir en cualquier sitio. Esto no es menor, sabido que en algunos lugares los mozos suelen tardar un buen rato en volver con lo solicitado.
8- Viene congelado. Otro puntazo. Lo que viene congelado y se come por obra de un simple calentamiento en el microondas le saca varios cuerpos de ventaja a cualquier otro alimento.
9- Apoyo colectivo. No hay que ignorar que el lehmeyún cuenta con grandes capitales que aportan para su notable inserción en el mercado gastronómico local. Entre estos se cuentan los hermanos Rupenián, el deté Sergio Markarián y el recordado lateral papal Murad Dejellatián.
10- La pizza en dos panes tiene que ser horrible.
(*) 6: Lindo número el seis. Es el que usaba Paolo Montero en una época. Además tiene forma de muchas cosas, aunque esto depende del 6 en cuestión. Puede ser el rulo de Clark Kent o los restos de un espiral matamoscas, por ejemplo.
(**) Fast food: Literalmente "Comida Rápida". Es similar a aquello de "comida al paso", aunque suele tener cierta connotación negativa, asociada a tratarse de un alimento insano. En el caso del lemehyún, habría que estudiarlo, así que por ahora está libre de pena.
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