De la noche a la mañana los montevideanos nos desayunamos de una nueva intención presidencial. Ahora es intención de Vetoman que los restos de Artigas abandonen el Mausoleo, así que hay que encontrarle un nuevo uso a tal obra de los años de la última dictadura que ha sufrido hasta ahora el paisito.
La encuesta en la que se basó el presidente de la República para tomar tal posición hacen incuestionable la misma. El trabajo realizado por Equipos Trufi constaba de dos interrogantes y se realizó la tercera semana del mes de mayo. Allí se preguntaba cuántas veces el entrevistado había visitado el Mausoleo. El 88 por ciento dijo que una sola vez, el 7 por ciento respondió que dos y el restante 5 por ciento dijo que el voto era secreto.
Preguntados por el motivo de su última visita, el 93 por ciento dijo que fue obligado en un paseo de la escuela. Las restantes respuestas se dividieron más o menos en partes similares en diferentes contestaciones: "pensé que ahí se hacía el transbordo a la Ciudad Vieja", "pensé que era una casa de masajes", "vine a acompañar a un turista", "vine a acompañar a un familiar exiliado", y "quería confirmar si los blandengues pestañean".
Visto los guarismos registrados, es lógico que el mandatario de nombre indígena aproveche la oportunidad de pasar a la historia como el presidente que le dio un uso más masivo al recinto subartiguista. Así que a continuación, como aporte ciudadano, he aquí algunas ideas de qué se puede hacer con el Mausoleo en caso de que abandonen el lugar los restos del de nariz aguileña.
La primera opción es un lujo pipí cucú que nos podríamos dar como gran ciudad: poner unos coquetos gabinetes higiénicos con papel, jaboncitos, desodorizante, diarios y revistas para leer en el trono y conexión wifi. Todo gratis. Esto sin duda sería un éxito, visto la cantidad de gente que transita por ahí y no tiene un baño público al cual acudir. Además es una apuesta al turismo. Los visitantes de los cruceros -que llegan hasta ahí más o menos- se quedarían con una grata impresión de la calidad de vida de nuestra ciudad. Referido al turismo habría que atender la capacitación de los trabajadores del lugar y asegurarnos que estos dominen el portugués, el inglés y la pelota.
Tomando en cuenta el color amarronado y la visibilidad nula (con snorkel) que tiene el Río de la Plata, otra buena idea para el Mausoleo es llenarlo de agua, meterle unos cuantos corales, pececitos de colores, alguna estrella de mar, hipocampos, alguna planta, y abrir un centro de enseñanza de submarinismo tropical. Una linda atención sería darles pase libre a los turistas extra Mercosur y a los representantes de Botnia en el país.
Pero sin ninguna duda, puestos a considerar nuevos usos, hay que tomar muy en cuenta el que sin duda sería el más exitoso. Arrendar el Mausoleo a algún empresario de la noche para poner una discoteca con varias pistas y barras. Moderna, claro. Música electrónica, reggaeton y botellitas de agua. Un emprendimiento cuyo público podría estar conformado por visitantes de otras latitudes -y longitudes, porqué no- y oriundos de la tierra. Una mezcla de marineros, mochileros, multilocos, canosos de la tercera edad y algo de fauna local, que se las trae. Un estilo Ibiza pero un poco más prolijo.
Con visión de futuro, también se puede tapiar y conservar sin uso hasta que se construya en Montevideo un servicio de transporte subterráneo. Esa podría ser una buena estación de metro. Las escaleras son anchas y están coquetas. Solo falta el resto. Es meterle un poco de ganas y listo. Si se terminó la Torre Ejecutiva y se construyó la Gran Muralla China, está claro que no hay imposibles.
Y si no, se puede tirar encima algunas volquetas de escombros que anden en la vuelta y convertir el Mausoleo en un refugio antiaéreo. Cuando les ganemos a los brasileños, 2 a 1 y de atrás, la final del mundial 2014, lo vamos a necesitar.
Vertedero final de lo que alguien publica y publicaba bajo la firma de El Trufa en la revista Guambia. El principal mérito, según dijo una vez el jefe, es la constancia.
miércoles, 8 de julio de 2009
lunes, 6 de julio de 2009
Mala memoria
Se despertó y vio en el dedo índice de su mano derecha un pedazo de lana verde. Era señal inconfundible de que tenía que acordarse de algo. O mejor dicho, no olvidarse. Se incorporó al borde de la cama y vio en su mano izquierda el anillo cambiado de dedo. Del anular la noche anterior se lo había pasado al índice zurdo. Indudablemente los dos índices le indicaban algo, pero no recordaba qué.
Semidormido se paró y se dispuso a caminar al baño a orinar. De pronto sintió mojado el pie izquierdo. Había pisado el latón de plástico violeta lleno de agua. Era otra señal que se solía poner por si de tan dormido no reparaba en el detalle de la lana y el anillo cambiado de dedo. Sin sacar el pie del latón pensó qué podría ser lo que tenía que recordar. Cero idea. Nada. Ni por asomo.
Encendió la luz de la habitación y miró a todos lados. Ninguna señal directa de lo que debía recordar. -¿Por qué no me pondré un papelito escrito con lo que tengo que hacer?-, se dijo en voz alta. Nadie lo escuchaba. Hombre soltero y solitario. Nadie podía ayudarlo a recordar esa mañana.
Caminó hasta la cocina mojando el piso cada vez que apoyaba un pie. Cuando apoyaba el otro, no. Llegó a la cafetera y se sirvió una taza llena de café frío. Entonces reparó en un post-it escrito con su propia letra: “¿Y pelotilla, todavía no te acordaste?” Se calentó consigo mismo; pero no con su yo de la mañana sino con el de la noche anterior. -¿Es una broma de borracho a sobrio o qué carajo?-, pensó.
Giró y volvió caminando al cuarto por si hallaba alguna pista que le ayudara a resolver el acertijo que él mismo se había preparado la noche previa. Fue hasta el cuarto mojando el piso cada vez que apoyaba un pie, con el cuidado de ir alternando las huellas mojadas con las que había dejado antes, para que pareciera que solo había ido hacia un lado pero con un pie mirando para atrás y otro para adelante. Se rió de su ocurrencia y escapó por unos segundos a la frustración de no saber qué cornos tenía que recordar.
Miró el reloj para ver la hora y no estaba donde siempre. Claro, en la otra muñeca. Otra señal. -¡Qué memoria de mierda!-, dijo mientras calculaba que una vez más iba a llegar tarde al trabajo. Apurado agarró algo de ropa y se dirigió al baño a ducharse. A los once minutos estaba saliendo de su casa camino a las ocho horas reglamentarias, más algunos cuartos de hora que siempre a desgano regalaba a sus patrones sin derecho a cobro extra.
La mañana transcurrió como en tantas oficinas: sin sobresaltos. Era lunes, así que un poco conversar con los compañeros de lo hecho el fin de semana, alguno que siempre cae con bizcochos, la crónica deportiva, un poquito de cine y trabajar de a ratos, para que después no digan. Pero igual recién es lunes de mañana, así que nada de estresarse.
De vez en cuando miraba el viejo Casio sumergible cambiado de muñeca, el anillo en dedo inapropiado y la lana verde hecha un nudo.
Cuando el reloj de pared indicó las 13:03, supo que era hora de alimentar el cuerpo. Se levantó de su escritorio dispuesto a almorzar y se dirigió a la heladera del trabajo. Al agarrar la manija vio la lanita verde aún atada. Sonrió y caliente consigo mismo se mordió el labio inferior, a la vez que se quitaba la lana, y mientras se ponía el anillo en el dedo correcto y el reloj pulsera en la muñeca correspondiente, dijo en voz alta: -¡Táper de mierda!-, y se vio la noche anterior cocinando unos ravioles de ricota y nuez con salsa caruso.
Semidormido se paró y se dispuso a caminar al baño a orinar. De pronto sintió mojado el pie izquierdo. Había pisado el latón de plástico violeta lleno de agua. Era otra señal que se solía poner por si de tan dormido no reparaba en el detalle de la lana y el anillo cambiado de dedo. Sin sacar el pie del latón pensó qué podría ser lo que tenía que recordar. Cero idea. Nada. Ni por asomo.
Encendió la luz de la habitación y miró a todos lados. Ninguna señal directa de lo que debía recordar. -¿Por qué no me pondré un papelito escrito con lo que tengo que hacer?-, se dijo en voz alta. Nadie lo escuchaba. Hombre soltero y solitario. Nadie podía ayudarlo a recordar esa mañana.
Caminó hasta la cocina mojando el piso cada vez que apoyaba un pie. Cuando apoyaba el otro, no. Llegó a la cafetera y se sirvió una taza llena de café frío. Entonces reparó en un post-it escrito con su propia letra: “¿Y pelotilla, todavía no te acordaste?” Se calentó consigo mismo; pero no con su yo de la mañana sino con el de la noche anterior. -¿Es una broma de borracho a sobrio o qué carajo?-, pensó.
Giró y volvió caminando al cuarto por si hallaba alguna pista que le ayudara a resolver el acertijo que él mismo se había preparado la noche previa. Fue hasta el cuarto mojando el piso cada vez que apoyaba un pie, con el cuidado de ir alternando las huellas mojadas con las que había dejado antes, para que pareciera que solo había ido hacia un lado pero con un pie mirando para atrás y otro para adelante. Se rió de su ocurrencia y escapó por unos segundos a la frustración de no saber qué cornos tenía que recordar.
Miró el reloj para ver la hora y no estaba donde siempre. Claro, en la otra muñeca. Otra señal. -¡Qué memoria de mierda!-, dijo mientras calculaba que una vez más iba a llegar tarde al trabajo. Apurado agarró algo de ropa y se dirigió al baño a ducharse. A los once minutos estaba saliendo de su casa camino a las ocho horas reglamentarias, más algunos cuartos de hora que siempre a desgano regalaba a sus patrones sin derecho a cobro extra.
La mañana transcurrió como en tantas oficinas: sin sobresaltos. Era lunes, así que un poco conversar con los compañeros de lo hecho el fin de semana, alguno que siempre cae con bizcochos, la crónica deportiva, un poquito de cine y trabajar de a ratos, para que después no digan. Pero igual recién es lunes de mañana, así que nada de estresarse.
De vez en cuando miraba el viejo Casio sumergible cambiado de muñeca, el anillo en dedo inapropiado y la lana verde hecha un nudo.
Cuando el reloj de pared indicó las 13:03, supo que era hora de alimentar el cuerpo. Se levantó de su escritorio dispuesto a almorzar y se dirigió a la heladera del trabajo. Al agarrar la manija vio la lanita verde aún atada. Sonrió y caliente consigo mismo se mordió el labio inferior, a la vez que se quitaba la lana, y mientras se ponía el anillo en el dedo correcto y el reloj pulsera en la muñeca correspondiente, dijo en voz alta: -¡Táper de mierda!-, y se vio la noche anterior cocinando unos ravioles de ricota y nuez con salsa caruso.
viernes, 3 de julio de 2009
Algunos apuntes sobre la teletransportación
Todo llega, dijo uno mientras esperaba un ómnibus nocturno. Ingenuo de él. Pero a grandes rasgos se puede decir que sí, que todo llega. La fecundación in vitro, la abolición formal de la esclavitud, el verano después del invierno, la justicia. Bueno, casi. Diría Tróccoli, la justicia llega pero tarde.
Así que un día llegarán el fin del petróleo, la fecundación extra uterina, los ómnibus nocturnos y la teletransportación*. Acá y ahora el tema es esto último. Eso que tanto ansiamos, la posibilidad de estar en Montevideo y cinco minutos después sacarse una foto en la muralla china –que no va a ser ningún mérito-, o poder evitar los buses interdepartamentales en hora pico para regresar a El Pinar después del laburo.
A primera vista cuando se invente la teletransportación estará muy bien, será positivo, pero todo tiene sus pros y sus contras. Empecemos por decir que deberá haber un aparato emisor y uno receptor, porque si no fuese necesario el receptor sería un gran problema. Todo el mundo apareciendo en la coordenada que se le cante, a cualquier hora, en cualquier estado. Demasiado relajo.
Una vez aclarado el punto anterior, hay que comenzar a evaluar. Lo primero a favor es que habrá cero accidentes de tránsito. Consecuencia posterior: los informativos serán más cortos, ha no ser que alarguen la tanda publicitaria.
No se necesitarán autos. Ventajas innumerables. Aunque se construya algún carril para bicicleta y queden algunas pequeñas calles destinadas a nostálgicos del precio de la nafta y los peajes, habrá mucha superficie disponible. Grandes espacios para plantar árboles frutales, por ejemplo. Creación de canchas de básquetbol (el piso está), fútbol (no vale tocar al rival de atrás) tenis en superficie rápida, rugby en superficie jodida. Se pueden desarrollar nuevas modalidades de carrera, como los 100 metros con baches, para lo cual contamos con infraestructura de primer nivel. Campeonato mundial de rayuela, con su variante rayuela maratón de 42 kilómetros, posta de rayuela, rayuela mixta y rayuela en dos panes (de hormigón).
También hay que pensar en lo que preocupa a las grandes masas: el fútbol, ocio y opio de los pueblos. La teletransportación vendría bien porque los jugadores compatriotas en sus ratos libres podrían irse aclimatando a la altura de La Paz.
En cuanto a la gente de a pie, está la posibilidad de trabajar durante el día en el Viejo Continente y acá reventar euros fresquitos durante el fin de semana. Lo mismo para evadir inviernos y días lluviosos. De suceder esto Jaime Roos debería retocar aquella canción que dice “el que se fue no es tan vivo, el que se fue no es tan gil”, que quedaría perimida por las fuerza de los hechos.
En un primer momento se puede comenzar transformando las paradas de ómnibus en teletransportadores de uso común, donde uno pueda seleccionar mediante un teclado la cabina receptora que desee del país, del planeta o de la Luna, que para entonces la tendremos como ahora son las termas, para ir en Turismo y algún fin de semana largo, con el uso agregado de poder festejar cumpleaños infantiles. En lugar de ir a un local con pelotero, se iría a superficie selenita, para que ahí se cansen los pendex flotando sin ley de gravedad. No será necesario contratar payasos; basta con atar a los gurises con una piola a una piedra y sentarse a tomar mate controlando que ninguno se desate.
Es sabido que con el tiempo toda tecnología llega a toda la sociedad gracias a un descenso pronunciado de su costo. Pasó con las videocaseteras, con los celulares y pasará con la teletransportación, así que luego habrá que considerar la existencia de aparatos domiciliarios y lo que es peor: los teletransportadores portátiles, con juegos, musiquita y la mar en coche. Eso va a ser un quilombo, pero con un poco de suerte no estaremos para tener que soportarlo.
*Teletransportación: sistema para transportarse instantáneamente de un sitio a otro, mediante la desintegración de las partículas que nos componen y el posterior rearmado en destino. En el diccionario lo más cercano es televenta, así que no se gaste buscando ayuda.
Así que un día llegarán el fin del petróleo, la fecundación extra uterina, los ómnibus nocturnos y la teletransportación*. Acá y ahora el tema es esto último. Eso que tanto ansiamos, la posibilidad de estar en Montevideo y cinco minutos después sacarse una foto en la muralla china –que no va a ser ningún mérito-, o poder evitar los buses interdepartamentales en hora pico para regresar a El Pinar después del laburo.
A primera vista cuando se invente la teletransportación estará muy bien, será positivo, pero todo tiene sus pros y sus contras. Empecemos por decir que deberá haber un aparato emisor y uno receptor, porque si no fuese necesario el receptor sería un gran problema. Todo el mundo apareciendo en la coordenada que se le cante, a cualquier hora, en cualquier estado. Demasiado relajo.
Una vez aclarado el punto anterior, hay que comenzar a evaluar. Lo primero a favor es que habrá cero accidentes de tránsito. Consecuencia posterior: los informativos serán más cortos, ha no ser que alarguen la tanda publicitaria.
No se necesitarán autos. Ventajas innumerables. Aunque se construya algún carril para bicicleta y queden algunas pequeñas calles destinadas a nostálgicos del precio de la nafta y los peajes, habrá mucha superficie disponible. Grandes espacios para plantar árboles frutales, por ejemplo. Creación de canchas de básquetbol (el piso está), fútbol (no vale tocar al rival de atrás) tenis en superficie rápida, rugby en superficie jodida. Se pueden desarrollar nuevas modalidades de carrera, como los 100 metros con baches, para lo cual contamos con infraestructura de primer nivel. Campeonato mundial de rayuela, con su variante rayuela maratón de 42 kilómetros, posta de rayuela, rayuela mixta y rayuela en dos panes (de hormigón).
También hay que pensar en lo que preocupa a las grandes masas: el fútbol, ocio y opio de los pueblos. La teletransportación vendría bien porque los jugadores compatriotas en sus ratos libres podrían irse aclimatando a la altura de La Paz.
En cuanto a la gente de a pie, está la posibilidad de trabajar durante el día en el Viejo Continente y acá reventar euros fresquitos durante el fin de semana. Lo mismo para evadir inviernos y días lluviosos. De suceder esto Jaime Roos debería retocar aquella canción que dice “el que se fue no es tan vivo, el que se fue no es tan gil”, que quedaría perimida por las fuerza de los hechos.
En un primer momento se puede comenzar transformando las paradas de ómnibus en teletransportadores de uso común, donde uno pueda seleccionar mediante un teclado la cabina receptora que desee del país, del planeta o de la Luna, que para entonces la tendremos como ahora son las termas, para ir en Turismo y algún fin de semana largo, con el uso agregado de poder festejar cumpleaños infantiles. En lugar de ir a un local con pelotero, se iría a superficie selenita, para que ahí se cansen los pendex flotando sin ley de gravedad. No será necesario contratar payasos; basta con atar a los gurises con una piola a una piedra y sentarse a tomar mate controlando que ninguno se desate.
Es sabido que con el tiempo toda tecnología llega a toda la sociedad gracias a un descenso pronunciado de su costo. Pasó con las videocaseteras, con los celulares y pasará con la teletransportación, así que luego habrá que considerar la existencia de aparatos domiciliarios y lo que es peor: los teletransportadores portátiles, con juegos, musiquita y la mar en coche. Eso va a ser un quilombo, pero con un poco de suerte no estaremos para tener que soportarlo.
*Teletransportación: sistema para transportarse instantáneamente de un sitio a otro, mediante la desintegración de las partículas que nos componen y el posterior rearmado en destino. En el diccionario lo más cercano es televenta, así que no se gaste buscando ayuda.
miércoles, 1 de julio de 2009
Renuncio
Mi capitán: renuncio. Perdón si en esta misiva no cumplo con las normas estilísticas que debe tener la carta de renuncia de un blandengue, pero es que como nunca renuncié no se como se hace.
Espero sepa comprender mi decisión. Me siento raro. No voy a hacer como otros que se fueron diciendo que les había salido una mejor oferta laboral y ahora juegan truco de seis en el Vilardebó. No. Yo le soy honesto. No me lo banco más. Le enumero.
Primero que nada está lo insalubre del trabajo. Lo más obvio, las mal llamadas “blancas palomitas”: los escolares. No falla. Uno los ve venir y es un eterno déjà vu*. ¡Blandengue, blandengue! ¿Por qué no te movés? ¡Ahhh, está en penitencia! ¿Blandengue, sabés con quién está tu mujer ahora? Y siempre el o la infaltable que acumula saliva y se comporta cual guanaco. Después están las muchachas de falda corta que pasan para la City y uno ahí, durito, inocuo*.
Segundo punto: no se nos permite ningún entretenimiento. La única vez que quise escuchar un partido de fútbol (bajito, no molestaba a nadie) me comí cinco días de arresto.
Tercero: la vista es una mierda. Siempre igual. El que iba a ser Palacio de Justicia recién lo empezaron a hacer después de décadas y lo veo de refilón. La Puerta de la Ciudadela la están arreglando y me queda de espalda.
Cuarto: Debo confesarle que no sigo su consejo de memorizar la Guía Alfabética. Me resultaba muy aburrido. Así que fui autodidacta en eso. Arranqué con la Tabla de Logaritmos de Coppeti, pero era bastante al pedo. Me dediqué entonces a memorizar recetas de cocina, chistes verdes, los colmos, las capitales de Asia y África, los elementos de la Tabla Periódica con sus valencias***, ayer pasé por tu casa, trabalenguas y hasta las tablas. La más jodida era la del ocho. Siempre dudaba en siete por ocho, así que empecé con formaciones rebuscadas del balompié nativo: Escuelita de Manga del ‘88, Mar de Fondo cuando jugaba en la Extra, Sud América campeón invicto del ‘94. Ahora estaba con cuadros de la Liga Universitaria.
Quinto: las pesadillas recurrentes. La más común es que estoy trabajando en una fecha patria y cuando vienen a poner la ofrenda floral me arrebato y comienzo a bailar el caminante lunar de Michael “el amigo de los niños” Jackson. En otra me veo espantando escolares con mi escopeta, que dispara garrapiñada, pero luego el forense dice que por las marcas que deja son perdigones fijo.
Sexto: Cuando me voy del Mausoleo me subo al ómnibus en la parada donde se hace trasbordo y siempre viajo parado. Yo, justo yo, que por falta de práctica no va a ser, pero la verdad me gustaría descansar un poco. El otro día me acomodé en un asiento que había libre y en la siguiente parada subió una embarazada. Como todos se hacían los dormidos ella me miraba inescrupulosamente, así que tuve que pararme y darle el asiento maternal. Igual aproveché y le dije cuatro cosas, porque después su hijo seguro va a ser un guachito escupe blandengue al que el padre le festejará la gracia cuando lo cuente en casa.
Séptimo: Y todo por unos pesos locos, sin extras ni propinas. Los mozos ganan poco pero tienen propina. Mientras que las estatuas vivientes, hacen un trabajo más light en el que les garpan cuando se mueven. ¿Dónde se vio eso? ¿Sabía que hay varios ex bomberos trabajando de estatuas? Ex blandengues pensará usted. No, carajo. Ex bomberos. Pregunte si no me cree. Hay ex bomberos, extranjeros y también algún narco local venido a menos dedicado al menudeo. Posta. Y no está tan mal.
A veces me digo (mentalmente para evitar el arresto) que necesito un cambio, a lo que mi otro yo responde: “cámbiese pero solo por Angres”. Lo peor es que no entiendo qué me quise decir.
La última novedad es que por momentos escucho a las cenizas de Artigas que me hablan. El otro día me contaban que él no tenía caballo blanco, que ese era Napoleón. Después que le dijera al Maestro Tabárez que cite al Canario García, que el prócer le prometió que si se tatuaba lo iban a llamar siempre.
En fin jefe, que lo dejo. En invierno chupo frío como un condenado. En verano el sol me parte al medio. El viento fuerte de la plaza va dos veces que me hace rodar escalera abajo. Cuando llueve el agua viene de frente. Paso. Paso, blandengue, paso. ¿Capta la ironía? Me piro, vampiro. Arrivederci. Ahora le toca a otro.
(*) Déjà vu: Paramnesia: alteración de la memoria por la que el sujeto cree recordar situaciones que no han ocurrido. Es la sensación esa de “esto ya lo vi/viví”. Vg: los capítulos del Chavo del Ocho o la justificación cuando suben la nafta.
(**) Inocuo: que no hace daño. Vg: Lassie atado.
(***) Valencias: déjà vu con eco de la ciudad española de nombre similar. Vg: los Madrides.
Espero sepa comprender mi decisión. Me siento raro. No voy a hacer como otros que se fueron diciendo que les había salido una mejor oferta laboral y ahora juegan truco de seis en el Vilardebó. No. Yo le soy honesto. No me lo banco más. Le enumero.
Primero que nada está lo insalubre del trabajo. Lo más obvio, las mal llamadas “blancas palomitas”: los escolares. No falla. Uno los ve venir y es un eterno déjà vu*. ¡Blandengue, blandengue! ¿Por qué no te movés? ¡Ahhh, está en penitencia! ¿Blandengue, sabés con quién está tu mujer ahora? Y siempre el o la infaltable que acumula saliva y se comporta cual guanaco. Después están las muchachas de falda corta que pasan para la City y uno ahí, durito, inocuo*.
Segundo punto: no se nos permite ningún entretenimiento. La única vez que quise escuchar un partido de fútbol (bajito, no molestaba a nadie) me comí cinco días de arresto.
Tercero: la vista es una mierda. Siempre igual. El que iba a ser Palacio de Justicia recién lo empezaron a hacer después de décadas y lo veo de refilón. La Puerta de la Ciudadela la están arreglando y me queda de espalda.
Cuarto: Debo confesarle que no sigo su consejo de memorizar la Guía Alfabética. Me resultaba muy aburrido. Así que fui autodidacta en eso. Arranqué con la Tabla de Logaritmos de Coppeti, pero era bastante al pedo. Me dediqué entonces a memorizar recetas de cocina, chistes verdes, los colmos, las capitales de Asia y África, los elementos de la Tabla Periódica con sus valencias***, ayer pasé por tu casa, trabalenguas y hasta las tablas. La más jodida era la del ocho. Siempre dudaba en siete por ocho, así que empecé con formaciones rebuscadas del balompié nativo: Escuelita de Manga del ‘88, Mar de Fondo cuando jugaba en la Extra, Sud América campeón invicto del ‘94. Ahora estaba con cuadros de la Liga Universitaria.
Quinto: las pesadillas recurrentes. La más común es que estoy trabajando en una fecha patria y cuando vienen a poner la ofrenda floral me arrebato y comienzo a bailar el caminante lunar de Michael “el amigo de los niños” Jackson. En otra me veo espantando escolares con mi escopeta, que dispara garrapiñada, pero luego el forense dice que por las marcas que deja son perdigones fijo.
Sexto: Cuando me voy del Mausoleo me subo al ómnibus en la parada donde se hace trasbordo y siempre viajo parado. Yo, justo yo, que por falta de práctica no va a ser, pero la verdad me gustaría descansar un poco. El otro día me acomodé en un asiento que había libre y en la siguiente parada subió una embarazada. Como todos se hacían los dormidos ella me miraba inescrupulosamente, así que tuve que pararme y darle el asiento maternal. Igual aproveché y le dije cuatro cosas, porque después su hijo seguro va a ser un guachito escupe blandengue al que el padre le festejará la gracia cuando lo cuente en casa.
Séptimo: Y todo por unos pesos locos, sin extras ni propinas. Los mozos ganan poco pero tienen propina. Mientras que las estatuas vivientes, hacen un trabajo más light en el que les garpan cuando se mueven. ¿Dónde se vio eso? ¿Sabía que hay varios ex bomberos trabajando de estatuas? Ex blandengues pensará usted. No, carajo. Ex bomberos. Pregunte si no me cree. Hay ex bomberos, extranjeros y también algún narco local venido a menos dedicado al menudeo. Posta. Y no está tan mal.
A veces me digo (mentalmente para evitar el arresto) que necesito un cambio, a lo que mi otro yo responde: “cámbiese pero solo por Angres”. Lo peor es que no entiendo qué me quise decir.
La última novedad es que por momentos escucho a las cenizas de Artigas que me hablan. El otro día me contaban que él no tenía caballo blanco, que ese era Napoleón. Después que le dijera al Maestro Tabárez que cite al Canario García, que el prócer le prometió que si se tatuaba lo iban a llamar siempre.
En fin jefe, que lo dejo. En invierno chupo frío como un condenado. En verano el sol me parte al medio. El viento fuerte de la plaza va dos veces que me hace rodar escalera abajo. Cuando llueve el agua viene de frente. Paso. Paso, blandengue, paso. ¿Capta la ironía? Me piro, vampiro. Arrivederci. Ahora le toca a otro.
(*) Déjà vu: Paramnesia: alteración de la memoria por la que el sujeto cree recordar situaciones que no han ocurrido. Es la sensación esa de “esto ya lo vi/viví”. Vg: los capítulos del Chavo del Ocho o la justificación cuando suben la nafta.
(**) Inocuo: que no hace daño. Vg: Lassie atado.
(***) Valencias: déjà vu con eco de la ciudad española de nombre similar. Vg: los Madrides.
lunes, 29 de junio de 2009
Apología del fainá
El fainá es lo más grande que hay. Es como el cuadro de fútbol y la mina, sumados y en potencia a la ene. El verdadero fanático lo lleva en la sangre, además de en la zona adiposa del abdomen. Es un sentimiento inexplicable. Literalmente. Porque si uno va al mataburros no encuentra lo que busca. Fainá. Dos Puntos. Silencio realacadémico. Ni los dos puntos. Nada por aquí, nada por allá. ¿Qué es?*, pregunta el turista luego de consultar su pequeño diccionario de bolsillo que tampoco le da ninguna respuesta. Aunque claro que algún avispado puede decir: fainá es una particular mezcla de harina de garbanzo, agua, sal y un toque de pimienta. Pero no es suficiente explicación. Es más. Es mucho más. Como dice la murga: fainá es el imán fraterno, que al pueblo atrae y hechiza. Fainá es la eterna sonrisa, con un vaso de merlot. Fainá se nace, no se hace. I love fainá. Todos somos fainá.
Hablemos un poco sobre este noble producto. Es de perogrullo decirlo, pero para que sea fainá tiene que llevar pimienta, salvo cuando el tobogán final recomienda lo contrario. Aunque incluso en esos casos es de buen fainasero condimentar abundantemente la porción, en una sufrida en carne propia demostración de estima, valentía y preeminencia hedonista del goce por sobre el roce.
El fainá es sencillito, con los ingredientes dichos, pero también existen algunas variedades que proporcionan opciones atractivas. Entre ellas están los fainá de queso, de cebolla, de arvejas, de choclo, de panceta y de mondongo hervido. Aquí hay que detenerse en una delicatessen: el faina recubierto con abundante muzzarella. Es como un fainá premium, mejorado, el fainá Pelé.
También están las variedades dulces, que día a día suman nuevos adeptos: fainá de chocolate, de dulce de leche granizado, de arándanos con canela y de garrapiñada con pera. Menos conocidos son los agridulces: fainá de banana con maní, de salame con membrillo, de brótola con melón, y el exclusivo de roquefort con miel, semillas de girasol y mortadela en cubitos.
Agreguemos en esta breve reseña unas palabras referidas a su principal consumidor, que es el consumidor por reflejo. Éste es el que siempre pide un fainá y una pizza sin que se le pueda ocurrir otra posibilidad. Es incondicional. En la mayoría de los casos desconoce si en el bar se puede comer otra cosa. Especialmente demuestra su fidelidad cuando anda con poca hambre, deja la pizza de lado y solicita sólo un fainá. Pero ojo, que no hay que confundirlo con el consumidor alcohólico. Ese también pide tan solo un fainá, pero para disimular. Su único objetivo es ingerir alcohol, pero como siente vergüenza de su condición de alcohólico pide algún alimento para despistar, pero como todo buen parroquiano sabe, esa es una popular treta para ocultar lo inocultable, que al tipo le gusta el chupe a más no poder y que seguramente, oh casualidad, pedirá más bebida pero no más comida.
Otro punto a destacar es que el verdadero fainá es el de orillo u orilla. Es el preferido. De hecho deberían inventar una bandeja con forma de rosca que no tenga centro y aumente su superficie con vista al mar. En cualquier caso queda claro que el fainá de las regiones centrales e intermedias de la bandeja está destinado a complacer los pedidos telefónicos, como forma de castigar la comodidad pequeñoburguesa de quien no se digna a caminar hasta el boliche de la esquina y tomarse un medio y medio mientras socializa y espera el pedido.
Para terminar, lo que todo buen pizzero de ley sabe: que quien hace un fainá sin sal se pierde la propina del día. Y si no es así, debería serlo, porque no hay derecho a cometer tal atropello que luego no se soluciona por más pimienta que uno le ponga al anverso y al reverso. Así que visto y considerando, se decreta: si no hay suficiente cloruro sódico, no hay propina. Difúndase y publíquese.O al revés.
Hablemos un poco sobre este noble producto. Es de perogrullo decirlo, pero para que sea fainá tiene que llevar pimienta, salvo cuando el tobogán final recomienda lo contrario. Aunque incluso en esos casos es de buen fainasero condimentar abundantemente la porción, en una sufrida en carne propia demostración de estima, valentía y preeminencia hedonista del goce por sobre el roce.
El fainá es sencillito, con los ingredientes dichos, pero también existen algunas variedades que proporcionan opciones atractivas. Entre ellas están los fainá de queso, de cebolla, de arvejas, de choclo, de panceta y de mondongo hervido. Aquí hay que detenerse en una delicatessen: el faina recubierto con abundante muzzarella. Es como un fainá premium, mejorado, el fainá Pelé.
También están las variedades dulces, que día a día suman nuevos adeptos: fainá de chocolate, de dulce de leche granizado, de arándanos con canela y de garrapiñada con pera. Menos conocidos son los agridulces: fainá de banana con maní, de salame con membrillo, de brótola con melón, y el exclusivo de roquefort con miel, semillas de girasol y mortadela en cubitos.
Agreguemos en esta breve reseña unas palabras referidas a su principal consumidor, que es el consumidor por reflejo. Éste es el que siempre pide un fainá y una pizza sin que se le pueda ocurrir otra posibilidad. Es incondicional. En la mayoría de los casos desconoce si en el bar se puede comer otra cosa. Especialmente demuestra su fidelidad cuando anda con poca hambre, deja la pizza de lado y solicita sólo un fainá. Pero ojo, que no hay que confundirlo con el consumidor alcohólico. Ese también pide tan solo un fainá, pero para disimular. Su único objetivo es ingerir alcohol, pero como siente vergüenza de su condición de alcohólico pide algún alimento para despistar, pero como todo buen parroquiano sabe, esa es una popular treta para ocultar lo inocultable, que al tipo le gusta el chupe a más no poder y que seguramente, oh casualidad, pedirá más bebida pero no más comida.
Otro punto a destacar es que el verdadero fainá es el de orillo u orilla. Es el preferido. De hecho deberían inventar una bandeja con forma de rosca que no tenga centro y aumente su superficie con vista al mar. En cualquier caso queda claro que el fainá de las regiones centrales e intermedias de la bandeja está destinado a complacer los pedidos telefónicos, como forma de castigar la comodidad pequeñoburguesa de quien no se digna a caminar hasta el boliche de la esquina y tomarse un medio y medio mientras socializa y espera el pedido.
Para terminar, lo que todo buen pizzero de ley sabe: que quien hace un fainá sin sal se pierde la propina del día. Y si no es así, debería serlo, porque no hay derecho a cometer tal atropello que luego no se soluciona por más pimienta que uno le ponga al anverso y al reverso. Así que visto y considerando, se decreta: si no hay suficiente cloruro sódico, no hay propina. Difúndase y publíquese.O al revés.
domingo, 28 de junio de 2009
El niño ñoño y la moña
-¡Hola moña! ¿Cómo estás? le dijo el niño a la moña.
Y la moña, nada. Nada de nada.
Es lógico, las moñas no hablan, al menos hasta que los japoneses le dediquen un poco de tiempo al asunto.
El niño era ñoño* desde pequeño. También lampiño. Un retoño de su papi, un brasileño trigueño dueño de un bar de antaño, con barra de estaño y un baño –al fondo a la derecha- donde todos los días algún extraño dejaba un maraño de buen tamaño que tapaba el caño. Así que cada noche el norteño con mucho empeño debía limpiar aquello.
Hasta que un día pergeñó un plan. Le enseñó a su niño a meter el puño en una bolsa de nailon y con un paño asear el caño del baño para que no quedara ningún maraño de considerable tamaño. Así el pequeño bisoño comenzó su desempeño en el bar El de moño.
El guachito –huérfano de madre, se sobreentiende- era bastante hogareño y huraño. Solo hablaba de Urano y sus satélites. Todo el día estaba Soliño. Solari. Solingen.
Aquel otoño y todo el resto del año el pequeño empuñó el paño con una bolsa de nailon cada noche, un rato antes de que llegara el sueño. Así acompañó a su papi en el negocio familiar.
Cierto día entró al bar el negro Camaño, de padre angoleño, y preguntó:
-¿Dónde está el Maño?
-Al ondo a la i-hierda, le respondió otro parroquiano que era mellado.
Allí fue y le dio la mano al Maño, que realmente era maño. O sea extremeño. De Extremadura. Coterráneo de Extremoduro. Extremo sureño de un país de ensueño.
Este fue el diálogo:
-Hola Maño.
-Hola Camaño.
-Te conseguí un corpiño de armiño.
-¡Coño, eso sí que es extraño!
-Se lo compré a un porteño.
-¿Turista esteño?
-Este no. Este ocupa un escaño en su terruño.
-Vos manejás un Scania.
-Sí, y tengo un pegotín del Sportivo Luqueño, ¿pero qué tiene que ver?
-¿Cuánto por el corpiño? Mira que empeño el rebaño que tengo en el campo del vasco Aristimuño.
El negro Camaño frunció el ceño. Le giñó un ojo al mellado que miraba de lejos y luego contestó.
-Maño, ya se que si quiero te ordeño y me quedo con tu rebaño, pero no soy tan tacaño. Cero daño, Maño. Si lo hago tiño mi reputación. Empaño mi carrera. Araño mi mejor cara. Pongo un leño en mi propia rueda.
-¿Entonces?
-Es un regalo. Con todo mi cariño. De un hijo de angoleño a un hijo de…
-¿No eras hondureño?
-Nopo.
-Me cachis.
-Salud.
-Gracias. Y te debo una, entonces.
-Queda para otraño**.
-O para hogaño***.
-Veremos, dijo Borges.
Mientras tanto en el baño el niño se ensañó con un fétido maraño que no quería cantar retirada. En eso entró el negro Camaño y lo vio arrodillado meta paño. Metió la mano en el bolsillo del pantalón buscando algo y solo sacó la moña de su hijo. Se la dio al niño ñoño que estaba meta paño y se la regaló. Luego le dijo:
-Hablale que le hace bien.
Desde entonces, cuando alguien se toma una en el bar El de moño, cada tanto siente hablar a un niño:
-¡Hola moña! ¿cómo estás?
Y la moña, nada. Nada de nada. Porque las moñas no hablan.
*Ñoño: persona apocada y de poco ingenio. Vg: El nono está ñoño; ¿viste cómo chochea?
**Otraño: en otro año. Vg: Peñarol saldrá campeón otraño.
***Hogaño: En este año, en el año presente. Vg: Hogaño subirá la nafta.
Y la moña, nada. Nada de nada.
Es lógico, las moñas no hablan, al menos hasta que los japoneses le dediquen un poco de tiempo al asunto.
El niño era ñoño* desde pequeño. También lampiño. Un retoño de su papi, un brasileño trigueño dueño de un bar de antaño, con barra de estaño y un baño –al fondo a la derecha- donde todos los días algún extraño dejaba un maraño de buen tamaño que tapaba el caño. Así que cada noche el norteño con mucho empeño debía limpiar aquello.
Hasta que un día pergeñó un plan. Le enseñó a su niño a meter el puño en una bolsa de nailon y con un paño asear el caño del baño para que no quedara ningún maraño de considerable tamaño. Así el pequeño bisoño comenzó su desempeño en el bar El de moño.
El guachito –huérfano de madre, se sobreentiende- era bastante hogareño y huraño. Solo hablaba de Urano y sus satélites. Todo el día estaba Soliño. Solari. Solingen.
Aquel otoño y todo el resto del año el pequeño empuñó el paño con una bolsa de nailon cada noche, un rato antes de que llegara el sueño. Así acompañó a su papi en el negocio familiar.
Cierto día entró al bar el negro Camaño, de padre angoleño, y preguntó:
-¿Dónde está el Maño?
-Al ondo a la i-hierda, le respondió otro parroquiano que era mellado.
Allí fue y le dio la mano al Maño, que realmente era maño. O sea extremeño. De Extremadura. Coterráneo de Extremoduro. Extremo sureño de un país de ensueño.
Este fue el diálogo:
-Hola Maño.
-Hola Camaño.
-Te conseguí un corpiño de armiño.
-¡Coño, eso sí que es extraño!
-Se lo compré a un porteño.
-¿Turista esteño?
-Este no. Este ocupa un escaño en su terruño.
-Vos manejás un Scania.
-Sí, y tengo un pegotín del Sportivo Luqueño, ¿pero qué tiene que ver?
-¿Cuánto por el corpiño? Mira que empeño el rebaño que tengo en el campo del vasco Aristimuño.
El negro Camaño frunció el ceño. Le giñó un ojo al mellado que miraba de lejos y luego contestó.
-Maño, ya se que si quiero te ordeño y me quedo con tu rebaño, pero no soy tan tacaño. Cero daño, Maño. Si lo hago tiño mi reputación. Empaño mi carrera. Araño mi mejor cara. Pongo un leño en mi propia rueda.
-¿Entonces?
-Es un regalo. Con todo mi cariño. De un hijo de angoleño a un hijo de…
-¿No eras hondureño?
-Nopo.
-Me cachis.
-Salud.
-Gracias. Y te debo una, entonces.
-Queda para otraño**.
-O para hogaño***.
-Veremos, dijo Borges.
Mientras tanto en el baño el niño se ensañó con un fétido maraño que no quería cantar retirada. En eso entró el negro Camaño y lo vio arrodillado meta paño. Metió la mano en el bolsillo del pantalón buscando algo y solo sacó la moña de su hijo. Se la dio al niño ñoño que estaba meta paño y se la regaló. Luego le dijo:
-Hablale que le hace bien.
Desde entonces, cuando alguien se toma una en el bar El de moño, cada tanto siente hablar a un niño:
-¡Hola moña! ¿cómo estás?
Y la moña, nada. Nada de nada. Porque las moñas no hablan.
*Ñoño: persona apocada y de poco ingenio. Vg: El nono está ñoño; ¿viste cómo chochea?
**Otraño: en otro año. Vg: Peñarol saldrá campeón otraño.
***Hogaño: En este año, en el año presente. Vg: Hogaño subirá la nafta.
martes, 23 de junio de 2009
¡Hacete socio, criatura!
La habitación de hospital de un pequeño nacido siempre fue un desfiladero de gente. Por un lado los familiares y por otro los profesionales del centro médico en cuestión. Familiares casi todos los existentes, menos los que están peleados. Trabajadores del lugar muchos: los que llevan la comida, doctores para la madre, doctores para la criatura, personal de limpieza y cualquier funcionaria media chusmeta siempre dispuesta a opinar sobre la belleza del recién nacido.
En los últimos años a este desfile multitudinario se sumó otro numeroso grupo. Trabajadores todos, que por su elevada cantidad suplen la merma en el promedio de personas por núcleo familiar que implican estos nuevos tiempos en que para mantener el estatus social es recomendable mantener pocas bocas.
Este gran grupo -que es un grupo a pesar de no autoidentificarse como tal porque entre ellos la única relación que existe es la competencia-, hace un buen tiempo que forma parte de la fauna propia de un hospital. Se trata de laburantes de a pie, cuyo sustento sale de ir por la vida, ergo por las habitaciones, ofreciendo algo.
Tal vez la primer oferta haya sido el servicio de acompañantes para la madre hospitalizada (para el padre en cuarentena aún no existe un simil, al menos en los propios centros de salud). Luego surgieron otras ofertas: televisión a secas, televisión con conexión a los canales cable para no perderse el partido de fútbol del domingo, una cobertura sanitaria específica para el niño una vez ido éste a su hogar. Hace tiempo ya que la diversificación viene en aumento. Ahora nunca falta algún regalito a nombre de una empresa de pañales o mamaderas para ver si por ahí empiezan a cultivar la tan importante fidelidad a la marca, pues ese tipo de consumidores cieguitos son los más valiosos.
Pero lo visto el otro día en La Española rebasa todos los límites. Resulta que en ese hospital donde es director el conocido Oscar Magurno, hay una promotora que por 20 pesos mensuales afilia al niño o niña como socio de Welcome. El pequeño asociado ipso facto se hace acreedor a un set que incluye varios games: pegotín, llavero, banderín, vincha, destapador, desmorrugador y cenicero del afamado equipo de básquetbol del cual Magurno supo ser presidente en su época más exitosa. El recién nacido también se hace acreedor a dos vales. El primero es canjeable por una camiseta al cumplir los nueve años. El segundo se traduce en un tatuaje del escudo albirrojo cuando el recién nacido adquiera la mayoría de edad. También si es varoncito y mide más de 55 centímetros le hacen la ficha médica gratis y automáticamente queda inscripto en las inferiores del club. Si mide más de 60 ya lo señan y le dan dinero a los padres como muestra de buena fe (los progenitores son los que eligen si la cantidad la prefieren en dólares, euros o moneda nacional).
Esta política ha sido criticada por clubes rivales, sin embargo otras instituciones están considerando seguir el ejemplo. Existen algunas alianzas estratégicas entre equipos de básquetbol e instituciones médicas que están en estudio. Por ejemplo MP está a punto de cerrar trato con Trouville y Biguá. El Hospital Británico tiene pronta una campaña vinculada a un equipo de la Ciudad Vieja, para la cual ya se dispone del eslógan: ¡Elemental, mi querido Waston!
Por su parte dirigentes de Hebraica Macabi intentaron acordar con el Círculo Católico pero las conversaciones no llegaron a buen puerto. Debido a esto ahora están enfocados en relanzar la mutualista MIDU.
El revolucionario plan de socios welcomense también ha trascendido el básquetbol, al punto que Peñarol analiza una propuesta similar. Los carboneros están pensando llevar adelante una agresiva campaña para frenar la merma de su padrón y apuntalar nuevos hinchas de cara al futuro, convencidos que una campaña de este tipo dará más resultado que los resultados deportivos. Es cierto que no hay que tener un postgrado en marketing para darse cuenta, pero bueno, por algo se empieza, y cuanto antes mejor.
En los últimos años a este desfile multitudinario se sumó otro numeroso grupo. Trabajadores todos, que por su elevada cantidad suplen la merma en el promedio de personas por núcleo familiar que implican estos nuevos tiempos en que para mantener el estatus social es recomendable mantener pocas bocas.
Este gran grupo -que es un grupo a pesar de no autoidentificarse como tal porque entre ellos la única relación que existe es la competencia-, hace un buen tiempo que forma parte de la fauna propia de un hospital. Se trata de laburantes de a pie, cuyo sustento sale de ir por la vida, ergo por las habitaciones, ofreciendo algo.
Tal vez la primer oferta haya sido el servicio de acompañantes para la madre hospitalizada (para el padre en cuarentena aún no existe un simil, al menos en los propios centros de salud). Luego surgieron otras ofertas: televisión a secas, televisión con conexión a los canales cable para no perderse el partido de fútbol del domingo, una cobertura sanitaria específica para el niño una vez ido éste a su hogar. Hace tiempo ya que la diversificación viene en aumento. Ahora nunca falta algún regalito a nombre de una empresa de pañales o mamaderas para ver si por ahí empiezan a cultivar la tan importante fidelidad a la marca, pues ese tipo de consumidores cieguitos son los más valiosos.
Pero lo visto el otro día en La Española rebasa todos los límites. Resulta que en ese hospital donde es director el conocido Oscar Magurno, hay una promotora que por 20 pesos mensuales afilia al niño o niña como socio de Welcome. El pequeño asociado ipso facto se hace acreedor a un set que incluye varios games: pegotín, llavero, banderín, vincha, destapador, desmorrugador y cenicero del afamado equipo de básquetbol del cual Magurno supo ser presidente en su época más exitosa. El recién nacido también se hace acreedor a dos vales. El primero es canjeable por una camiseta al cumplir los nueve años. El segundo se traduce en un tatuaje del escudo albirrojo cuando el recién nacido adquiera la mayoría de edad. También si es varoncito y mide más de 55 centímetros le hacen la ficha médica gratis y automáticamente queda inscripto en las inferiores del club. Si mide más de 60 ya lo señan y le dan dinero a los padres como muestra de buena fe (los progenitores son los que eligen si la cantidad la prefieren en dólares, euros o moneda nacional).
Esta política ha sido criticada por clubes rivales, sin embargo otras instituciones están considerando seguir el ejemplo. Existen algunas alianzas estratégicas entre equipos de básquetbol e instituciones médicas que están en estudio. Por ejemplo MP está a punto de cerrar trato con Trouville y Biguá. El Hospital Británico tiene pronta una campaña vinculada a un equipo de la Ciudad Vieja, para la cual ya se dispone del eslógan: ¡Elemental, mi querido Waston!
Por su parte dirigentes de Hebraica Macabi intentaron acordar con el Círculo Católico pero las conversaciones no llegaron a buen puerto. Debido a esto ahora están enfocados en relanzar la mutualista MIDU.
El revolucionario plan de socios welcomense también ha trascendido el básquetbol, al punto que Peñarol analiza una propuesta similar. Los carboneros están pensando llevar adelante una agresiva campaña para frenar la merma de su padrón y apuntalar nuevos hinchas de cara al futuro, convencidos que una campaña de este tipo dará más resultado que los resultados deportivos. Es cierto que no hay que tener un postgrado en marketing para darse cuenta, pero bueno, por algo se empieza, y cuanto antes mejor.
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